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El programa de vivienda distrital ‘Mi Casa en Bogotá’ sigue llegando a donde más se necesita: esta vez los beneficiados serán los habitantes de la zona rural de la localidad de San Cristóbal, en el sur de la ciudad, quienes a partir de este lunes 25 de mayo y hasta el 18 de junio, podrán participar en la convocatoria exclusiva de mejoramiento de vivienda a cargo de la secretaría de Hábitat.
Esta iniciativa tiene un profundo sentido humano: busca transformar la realidad de 36 hogares, mejorando directamente su habitabilidad y calidad de vida, demostrando que para la administración del alcalde Carlos Fernando Galán, el progreso de la ciudad empieza por el bienestar de sus familias.
El punto de recepción para que las familias interesadas entreguen sus documentos y realicen su postulación será la Oficina de Participación de la Alcaldía Local de San Cristóbal / Avenida 1 de mayo No. 1 - 40 Sur, Bogotá.
¿En qué consisten las ayudas?
El programa contempla intervenciones de tipo locativo (no estructurales) diseñadas para atender las necesidades más urgentes de las viviendas del campo. Entre las adecuaciones que se realizarán se encuentran:
- Mejoramientos de baños y adecuaciones de cocina.
- Instalación de cubiertas (techos).
- Trabajos de pintura, enchapes y otras adecuaciones locativas necesarias.
Para hacer realidad estas obras, cada hogar beneficiario podrá acceder a un subsidio equivalente a 18 SMLMV para la ejecución de las mejoras, sumado a 8 SMLMV adicionales correspondientes al valor de transporte, un esfuerzo presupuestal del Distrito para asegurar que los materiales de construcción lleguen sin contratiempos hasta las zonas rurales más apartadas."Llegar a la ruralidad es una prioridad para nosotros. Con estas obras buscamos disminuir el déficit cualitativo de vivienda en el campo bogotano, llevando soluciones reales que dignifican el día a día de nuestros campesinos", afirmó la secretaria del Hábitat, Vanessa Velasco.
La meta en San Cristóbal hace parte de un plan distrital mucho más amplio que contempla la intervención de 176 viviendas rurales durante este año. San Cristóbal, junto a Ciudad Bolívar, Usme y Sumapaz, fue priorizada en esta estrategia por concentrar la mayor cantidad de predios rurales viables para ser intervenidos en Bogotá.El Distrito invita a toda la comunidad rural de San Cristóbal a acercarse a la Alcaldía Local dentro de las fechas establecidas para no perder esta gran oportunidad. Toda la información sobre los requisitos se encuentra disponible en www.habitatbogota.gov.co o a través de la línea 195.
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Bakú, Azerbaiyán. 22 de mayo de 2026.
El Foro Urbano Mundial abrió esta semana con una cifra que no da lugar a evasivas: 3.000 millones de personas viven hoy en condiciones de vivienda inadecuada. Los asentamientos informales no están disminuyendo, están creciendo, y más rápido que las respuestas que el mundo ha sido capaz de construir. En ese contexto, la pregunta que organizó cada sesión, cada panel y cada conversación de pasillo en Bakú fue, en el fondo, una sola: ¿qué ciudades están demostrando y no prometiendo que la escala es posible?
El panel Housing as a Driver of Socioeconomic Transformation in the Global South fue la presentación principal de Bogotá en el WUF13, y el argumento central fue deliberado: la vivienda no es un fin en sí mismo. Es una plataforma. El punto de partida desde el cual se puede transformar un barrio, generar movilidad social, reducir la pobreza y construir ciudad con criterio de largo plazo.
Esa lógica se traduce en números concretos. En dos años y medio, Mi Casa en Bogotá pasó de apoyar el 10 % de la producción total de vivienda social en la ciudad al 60 %. El año pasado, Bogotá registró el mayor volumen de producción de vivienda de interés social y prioritario en 24 años. No es un accidente: es el resultado de haber movilizado cerca de 300 millones de dólares en un portafolio que cubre toda la cadena: arriendo temporal, mejoramiento, ahorro previo, subsidio a la cuota mensual para familias entre 0 y 4 salarios mínimos. Hoy, 30.000 familias han sido beneficiadas directamente; la meta es 75.000 al cierre de la administración.
Pero los números de producción no son lo más importante. Lo más importante es dónde está ocurriendo esa transformación y para quién. El 65 % de las beneficiarias son mujeres. El 28 % son jóvenes. El 15 % son víctimas del conflicto, personas en situación de discapacidad u otros grupos históricamente excluidos del mercado formal. Y el índice de participación de la vivienda en la línea de pobreza multidimensional de Bogotá bajó de 5,4 a 3,6 puntos, directamente atribuible al plan. Eso es lo que significa poner el enfoque de género y la equidad en el centro de la política habitacional: no como declaración, sino como criterio de asignación.
El barrio como unidad de transformación
Lo que Bogotá propuso en Bakú no es un programa de vivienda. Es una estrategia de transformación territorial que usa la vivienda como ancla. El barrio, formal, informal, a veces irregular, es la unidad desde la cual se construye el tejido urbano en América Latina. Ignorarlo es planificar en el vacío.
En 80 barrios de la ciudad operamos simultáneamente tres frentes: recuperación del espacio público con criterios de sostenibilidad, mejoramiento de vivienda y participación comunitaria como condición de todo lo anterior. San Cristóbal es el caso más visible: 30.000 metros cuadrados de nuevos equipamientos, más de dos hectáreas de espacio público recuperado, 1.600 subsidios asignados en el entorno inmediato del cable, un aumento del 30 % en el valor del suelo y una mejora del 5 % en calidad del aire por cada 10 % de intervención ejecutada. No son proyecciones: son resultados medidos.
La lógica detrás de todo esto es no esperar a que la infraestructura llegue para transformar el barrio, sino construir ambas cosas en paralelo. Porque una ciudad que sigue postergando a sus barrios no está creciendo: está aplazando una deuda que tarde o temprano cobra con exclusión.
Lo que el mundo le devolvió a Bogotá
El panel no fue un monólogo. Fue una conversación con voces que vinieron a dialogar, no a validar por cortesía. Y lo que Bogotá recibió fue tan valioso como lo que compartió.
ONU-Hábitat se comprometió avanzar en el Hub de Regeneración Urbana con Bogotá como referente, y propuso incorporar el modelo en su banco global de buenas prácticas. El Banco Mundial señaló que el enfoque de transformación basada en área es exactamente el camino que usaron las ciudades del Este Asiático para salir del déficit habitacional masivo hace tres décadas, y que Bogotá tiene hoy las condiciones para convertirse en el laboratorio que demuestre cómo replicarlo en el Sur Global. El Ministerio de Vivienda de Panamá se llevó el modelo como referencia concreta para su propia política.
También recibimos desafíos con nombre propio: cómo escalar más allá del suelo público, cómo movilizar financiamiento privado con lógica de clase de activo urbano, cómo llegar a los hogares de ingreso más bajo con instrumentos alternativos a la hipoteca tradicional. Son preguntas que no tienen respuesta todavía. Pero son las preguntas correctas, y el hecho de que el mundo nos las esté haciendo a nosotros dice algo sobre el lugar que Bogotá ocupa hoy en la conversación urbana global.
Un laboratorio, no una vitrina
Bogotá no vino al WUF13 a mostrar un modelo terminado. Vino a demostrar que transformar es posible incluso desde la complejidad: 200.000 hogares en déficit, 50 % de informalidad de algún tipo, segunda ciudad más vulnerable al cambio climático en el país. Esa es la realidad desde la que operamos y desde la que hemos construido resultados.
La semana en Bakú confirmó algo que llevamos años construyendo en silencio: Bogotá no es solo un caso de estudio. Es una propuesta para el Sur Global. Un lugar donde la vivienda, el barrio, el cuidado y la equidad dejaron de ser variables secundarias para convertirse en el principio desde el cual se piensa y se ejecuta la política urbana.
Eso es lo que trajimos al WUF13. Y eso es lo que seguiremos construyendo con las comunidades, con los aliados internacionales y con la convicción de que una ciudad que le cumple a sus barrios le cumple a todos.
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Bakú, Azerbaiyán. 22 de mayo de 2026.
Hay una pregunta que pocas veces aparece en los manuales de urbanismo: ¿para quién fue diseñada esta ciudad? La respuesta honesta, en la mayoría de los casos, es incómoda. Las ciudades modernas fueron concebidas para el trabajador productivo: hombre, móvil, económicamente autónomo, sin responsabilidades de cuidado. Las necesidades de quienes no entran en esa categoría, las personas que sostienen la vida cotidiana, que acompañan a los mayores, que crían a los niños, que cuidan a quienes enferman, fueron pensadas como variables secundarias, resueltas en el ámbito privado de los hogares. Esa no es una descripción ideológica. Es un diagnóstico de diseño.
Y los diseños defectuosos tienen costos. Jordy Backer, de Metrópolis, lo resumió con precisión en el WUF13: una mujer cuidadora que pierde tres horas diarias en el tráfico para llegar a un trabajo informal no tiene un problema de motivación. Tiene un problema de ciudad que fue trazada sin ella en mente. Ese problema no es solo de equidad —aunque también lo es—. Es de eficiencia. En Bradford, integrar salud y hábitat en la planificación urbana proyectó ahorros de hasta 42 millones de libras en gasto sanitario, y esa cifra fue la que movilizó 200 millones de libras adicionales en inversión pública. El cuidado, cuando se mide bien, es rentable.
Lo que Bogotá decidió hacer
Bogotá llegó al Foro Urbano Mundial no con un piloto experimental, sino con una política en ejecución. Y la pregunta que nos hemos hecho desde el principio no es cómo incorporar el género como un componente más del programa habitacional, sino algo más estructural: ¿cómo se construye una ciudad que funcione para quienes cuidan?
La respuesta tomó forma en las Manzanas del Cuidado, pero su lógica va mucho más allá de los equipamientos. El programa nació de una demanda del Consejo Consultivo de Mujeres y se articuló alrededor de cinco verbos: reconocer, reducir, redistribuir, representar y remunerar el cuidado. En dos años y medio pasamos de 2,2 a 4,4 millones de atenciones. Eso no es un ajuste marginal; es una transformación de la infraestructura de cuidado de la ciudad. Y lo más importante: las Manzanas del Cuidado están hoy inscritas en el Plan de Ordenamiento Territorial de Bogotá con horizonte de doce años. No dependen del presupuesto de un gobierno; son una línea de inversión estructural.
Pero una red de equipamientos, por sólida que sea, no basta si la política de vivienda sigue operando con los mismos sesgos de siempre. Por eso en Bogotá decidimos poner el enfoque de género en el centro de la asignación de subsidios habitacionales. El resultado: el 65 % de los beneficiarios de los programas de vivienda son mujeres, una población que históricamente accede a hipotecas un 12 % menos que los hogares encabezados por hombres. Mi Casa en Bogotá no es solo un programa de acceso a la vivienda, es un instrumento de redistribución que opera con consciencia de quién ha sido excluido históricamente del mercado formal.
A eso se suma la apuesta por el mejoramiento de barrios como política de cuidado territorial. En 80 barrios de la ciudad operamos simultáneamente tres frentes: recuperación del espacio público con construcción sostenible, mejoramiento de vivienda y participación comunitaria como condición de todo lo anterior. El Cable de San Cristóbal es el ejemplo más visible: mejoramiento de fachadas, revitalización del espacio público, arte de colectivos del barrio, paneles fotovoltaicos y vivienda mejorada, todo articulado a un nuevo sistema de transporte que beneficiará, desde este año, a 400.000 personas. La lógica es no esperar a que la infraestructura llegue para transformar el barrio, sino construir ambas cosas en paralelo. Porque una ciudad que cuida no puede permitirse que sus barrios se queden atrás.
El cambio de paradigma
Lo que el WUF13 confirmó es que el cuidado no puede seguir siendo la variable dependiente de la política urbana, lo que se incorpora cuando hay presupuesto sobrante, cuando el tiempo lo permite, cuando la agenda política lo tolera. Tiene que ser la variable indispensable, el principio desde el cual se diseña el barrio, se traza la red de transporte, se asigna la vivienda y se mide el retorno de la inversión pública.
La señal más clara de este cambio llegó de la OMS: por primera vez lanzará un programa de formación en salud urbana dirigido no al sector sanitario, sino a urbanistas, autoridades de movilidad y secretarías de vivienda. La salud, como el cuidado, se construye fuera del hospital. Se construye en el barrio, en la cuadra, en la decisión de dónde va la parada del bus y quién puede llegar caminando a ella.
Una ciudad que cuida no es una ciudad más blanda. Es una ciudad más inteligente. Y esa inteligencia empieza por reconocer que quienes han sostenido la vida urbana en silencio merecen, al fin, una ciudad diseñada a su medida.