Lo que Bogotá propuso en Bakú no es un programa de vivienda. Es una estrategia de transformación territorial que usa la vivienda como ancla.
Bakú, Azerbaiyán. 22 de mayo de 2026.
El Foro Urbano Mundial abrió esta semana con una cifra que no da lugar a evasivas: 3.000 millones de personas viven hoy en condiciones de vivienda inadecuada. Los asentamientos informales no están disminuyendo, están creciendo, y más rápido que las respuestas que el mundo ha sido capaz de construir. En ese contexto, la pregunta que organizó cada sesión, cada panel y cada conversación de pasillo en Bakú fue, en el fondo, una sola: ¿qué ciudades están demostrando y no prometiendo que la escala es posible?
El panel Housing as a Driver of Socioeconomic Transformation in the Global South fue la presentación principal de Bogotá en el WUF13, y el argumento central fue deliberado: la vivienda no es un fin en sí mismo. Es una plataforma. El punto de partida desde el cual se puede transformar un barrio, generar movilidad social, reducir la pobreza y construir ciudad con criterio de largo plazo.
Esa lógica se traduce en números concretos. En dos años y medio, Mi Casa en Bogotá pasó de apoyar el 10 % de la producción total de vivienda social en la ciudad al 60 %. El año pasado, Bogotá registró el mayor volumen de producción de vivienda de interés social y prioritario en 24 años. No es un accidente: es el resultado de haber movilizado cerca de 300 millones de dólares en un portafolio que cubre toda la cadena: arriendo temporal, mejoramiento, ahorro previo, subsidio a la cuota mensual para familias entre 0 y 4 salarios mínimos. Hoy, 30.000 familias han sido beneficiadas directamente; la meta es 75.000 al cierre de la administración.
Pero los números de producción no son lo más importante. Lo más importante es dónde está ocurriendo esa transformación y para quién. El 65 % de las beneficiarias son mujeres. El 28 % son jóvenes. El 15 % son víctimas del conflicto, personas en situación de discapacidad u otros grupos históricamente excluidos del mercado formal. Y el índice de participación de la vivienda en la línea de pobreza multidimensional de Bogotá bajó de 5,4 a 3,6 puntos, directamente atribuible al plan. Eso es lo que significa poner el enfoque de género y la equidad en el centro de la política habitacional: no como declaración, sino como criterio de asignación.
El barrio como unidad de transformación
Lo que Bogotá propuso en Bakú no es un programa de vivienda. Es una estrategia de transformación territorial que usa la vivienda como ancla. El barrio, formal, informal, a veces irregular, es la unidad desde la cual se construye el tejido urbano en América Latina. Ignorarlo es planificar en el vacío.
En 80 barrios de la ciudad operamos simultáneamente tres frentes: recuperación del espacio público con criterios de sostenibilidad, mejoramiento de vivienda y participación comunitaria como condición de todo lo anterior. San Cristóbal es el caso más visible: 30.000 metros cuadrados de nuevos equipamientos, más de dos hectáreas de espacio público recuperado, 1.600 subsidios asignados en el entorno inmediato del cable, un aumento del 30 % en el valor del suelo y una mejora del 5 % en calidad del aire por cada 10 % de intervención ejecutada. No son proyecciones: son resultados medidos.
La lógica detrás de todo esto es no esperar a que la infraestructura llegue para transformar el barrio, sino construir ambas cosas en paralelo. Porque una ciudad que sigue postergando a sus barrios no está creciendo: está aplazando una deuda que tarde o temprano cobra con exclusión.
Lo que el mundo le devolvió a Bogotá
El panel no fue un monólogo. Fue una conversación con voces que vinieron a dialogar, no a validar por cortesía. Y lo que Bogotá recibió fue tan valioso como lo que compartió.
ONU-Hábitat se comprometió avanzar en el Hub de Regeneración Urbana con Bogotá como referente, y propuso incorporar el modelo en su banco global de buenas prácticas. El Banco Mundial señaló que el enfoque de transformación basada en área es exactamente el camino que usaron las ciudades del Este Asiático para salir del déficit habitacional masivo hace tres décadas, y que Bogotá tiene hoy las condiciones para convertirse en el laboratorio que demuestre cómo replicarlo en el Sur Global. El Ministerio de Vivienda de Panamá se llevó el modelo como referencia concreta para su propia política.
También recibimos desafíos con nombre propio: cómo escalar más allá del suelo público, cómo movilizar financiamiento privado con lógica de clase de activo urbano, cómo llegar a los hogares de ingreso más bajo con instrumentos alternativos a la hipoteca tradicional. Son preguntas que no tienen respuesta todavía. Pero son las preguntas correctas, y el hecho de que el mundo nos las esté haciendo a nosotros dice algo sobre el lugar que Bogotá ocupa hoy en la conversación urbana global.
Un laboratorio, no una vitrina
Bogotá no vino al WUF13 a mostrar un modelo terminado. Vino a demostrar que transformar es posible incluso desde la complejidad: 200.000 hogares en déficit, 50 % de informalidad de algún tipo, segunda ciudad más vulnerable al cambio climático en el país. Esa es la realidad desde la que operamos y desde la que hemos construido resultados.
La semana en Bakú confirmó algo que llevamos años construyendo en silencio: Bogotá no es solo un caso de estudio. Es una propuesta para el Sur Global. Un lugar donde la vivienda, el barrio, el cuidado y la equidad dejaron de ser variables secundarias para convertirse en el principio desde el cual se piensa y se ejecuta la política urbana.
Eso es lo que trajimos al WUF13. Y eso es lo que seguiremos construyendo con las comunidades, con los aliados internacionales y con la convicción de que una ciudad que le cumple a sus barrios le cumple a todos.
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