La vivienda formal cumple un rol estructural en el desarrollo económico y social de las ciudades, que trasciende su función básica de provisión habitacional. Más allá de alojar hogares, la vivienda formal activa cadenas productivas intensivas en empleo, incide de manera directa en el desempeño macroeconómico, constituye el principal activo patrimonial de millones de familias y, cuando se integra adecuadamente al tejido urbano, genera ganancias sustantivas de eficiencia, bienestar y cohesión social.
Este artículo examina la evidencia empírica disponible sobre los múltiples canales a través de los cuales la vivienda formal opera como motor del empleo, plataforma de acumulación de activos, instrumento de reducción de fricciones espaciales y generadora de capital social, consolidándose como uno de los pilares de la política pública orientada a la reactivación económica, la reducción de la pobreza y el fortalecimiento de la movilidad social en contextos urbanos.
1. La vivienda formal como motor del empleo
En términos de reactivación económica, la vivienda formal tiene un impacto inmediato en la generación de empleo. En Bogotá, las estimaciones técnicas del Observatorio de Hábitat indican que cada vivienda de interés social (VIS) genera en promedio 1,5 empleos directos, mientras que una vivienda No VIS genera alrededor de 2,8 empleos directos, a lo que se suman los empleos indirectos asociados a la cadena productiva del sector. A escala nacional, el gremio constructor reporta un promedio de 1,7 empleos directos por vivienda y cerca de 4 empleos totales al incluir los indirectos.
En el sector de la construcción de vivienda, una fracción relevante del empleo generado es empleo formal, es decir, empleo que implica afiliación al sistema de salud, cotización a pensión y vinculación a cajas de compensación familiar. Aunque persiste una alta informalidad estructural en el sector, la existencia de empleo formal asociado a proyectos de vivienda constituye un canal directo de acceso a derechos sociales para miles de trabajadores en la ciudad.
Cada vivienda formal construida no solo alberga un hogar, activa empleos, integra trabajadores al sistema de protección social y amplía el acceso a salud, pensión y servicios de bienestar. En ese sentido, la política de vivienda es también una política económica y de bienestar social.
Más allá de su contribución al empleo, la política de vivienda incide de manera directa en el desempeño macroeconómico de la ciudad. De acuerdo con las Cuentas Nacionales del DANE, el sector de la construcción en Bogotá representa alrededor del 3,3 % del total de la economía y, en 2024, aportó cerca de 0,4 puntos porcentuales al crecimiento del PIB de la ciudad. Dentro del sector, el componente de edificaciones —directamente asociado a la producción residencial— concentra aproximadamente el 46,6 % del valor agregado de la construcción, lo que consolida a la vivienda como un instrumento de política pública con impacto económico cuantificable, particularmente relevante en fases de reactivación.
2. La vivienda formal como activo del hogar
La vivienda formal constituye uno de los principales activos patrimoniales de los hogares, especialmente para aquellos de ingresos medios y bajos, al ofrecer una base material estable, duradera y jurídicamente reconocida. Esta condición de formalidad no solo favorece la consolidación y valorización progresiva del activo, sino que también reduce los costos, riesgos e incertidumbres asociados a la precariedad habitacional. En consecuencia, los hogares pueden reasignar de manera más sostenida sus recursos hacia otros activos estratégicos, como la educación, la salud, la recreación, la cultura y el desarrollo de actividades productivas.
En el mediano y largo plazo, estos efectos generan un impacto intergeneracional claro: la vivienda formal contribuye a romper la transmisión intergeneracional de la pobreza al garantizar estabilidad residencial, disminuir la vulnerabilidad de los hogares frente a choques económicos y ofrecer a las nuevas generaciones un entorno más seguro y predecible desde el cual construir trayectorias educativas, laborales y sociales más favorables.
En muchas economías, la riqueza asociada a la vivienda representa una parte sustancial del total de activos de los hogares y contribuye de manera determinante a la estructura de su patrimonio. Estudios del Joint Center for Housing Studies de la Universidad de Harvard muestran que la equidad en la vivienda (home equity) constituye uno de los componentes más importantes de la riqueza neta de los hogares propietarios, superando a otros activos financieros en la mayoría de los casos.
https://www.jchs.harvard.edu/sites/default/files/w03-5_di.pdf
La comparación entre hogares propietarios y hogares arrendatarios evidencia de manera clara este efecto patrimonial. Análisis recientes del Urban Institute, basados en encuestas de finanzas de los consumidores, muestran que la mediana de la riqueza neta de los hogares propietarios es sustancialmente superior a la de los hogares arrendatarios, lo que refleja el papel de la vivienda como el principal mecanismo de acumulación de activos a lo largo del ciclo de vida. En el caso de Estados Unidos, esta brecha de riqueza ha alcanzado niveles históricamente elevados, siendo la tenencia de vivienda el factor explicativo central de dicha diferencia. https://www.urban.org/urban-wire/wealth-gap-between-homeowners-and-renters-has-reached-historic-high
Este rol patrimonial de la vivienda ha sido ampliamente documentado en contextos latinoamericanos. En el caso colombiano, diversas investigaciones sobre la composición del patrimonio de los hogares evidencian que la vivienda constituye el principal componente de la riqueza total de las familias, particularmente en los hogares de ingresos medios y bajos, donde la tenencia de otros activos financieros es limitada. En este contexto, el inmueble se consolida como el eje central del balance patrimonial del hogar y como su principal mecanismo de ahorro de largo plazo. https://revfinypolecon.ucatolica.edu.co/article/download/538/559
Adicionalmente, la vivienda formal permite capitalizar el valor del activo mediante el acceso al crédito, lo que facilita inversiones en educación, salud, emprendimiento o mejoramiento habitacional. Diversos estudios del sistema financiero colombiano señalan que la formalidad del activo residencial constituye un requisito fundamental para el acceso al crédito hipotecario y a otras modalidades de financiamiento. De este modo, la vivienda se consolida no solo como un bien de uso, sino como un activo estratégico para la movilidad económica de los hogares y la reducción de su vulnerabilidad financiera.
https://www.asobancaria.com/wp-content/uploads/Libro-Ensayos_sobre_Politica_de_vivienda-AB.pdf
En conjunto, la evidencia disponible indica que la vivienda formal desempeña un papel central en la acumulación de activos de los hogares, la mitigación de riesgos económicos y la generación de efectos intergeneracionales positivos. Estos atributos refuerzan su condición como uno de los pilares de la política pública orientada tanto a la reducción sostenida de la pobreza como al fortalecimiento de la movilidad social.
3. La vivienda formal en la ciudad consolidada y el ahorro de tiempo para los hogares
La vivienda formal bien localizada —entendida como aquella integrada a la estructura urbana y con acceso efectivo a fuentes de empleo, educación, salud, así como a servicios culturales y recreativos— genera beneficios socioeconómicos adicionales que se manifiestan, principalmente, en ahorros significativos de tiempo para los hogares. La reducción de los tiempos de desplazamiento hacia los lugares de trabajo, los centros educativos, los servicios de salud y los equipamientos urbanos disminuye los costos de oportunidad asociados a la localización residencial, permitiendo que el tiempo liberado se reasigne a actividades productivas, educativas, de cuidado o de descanso.
Desde una perspectiva económica, estos ahorros de tiempo son susceptibles de ser monetizados, ya sea a través de mayores oportunidades de ingreso, menores gastos en transporte o una mejor conciliación entre el trabajo remunerado y el no remunerado. En este sentido, la vivienda formal bien localizada no solo mejora la calidad de vida de los hogares, sino que incrementa la eficiencia económica tanto del hogar como de la ciudad, al reducir fricciones espaciales que históricamente han profundizado la desigualdad urbana.
La evidencia empírica indica que los programas de vivienda formal localizados en áreas integradas a la ciudad generan mejoras sustantivas en el bienestar de los hogares, incluso en ausencia de incrementos directos en el ingreso. Estos resultados sugieren que el principal canal de impacto opera a través de la reducción de fricciones espaciales y de una reasignación más eficiente del tiempo del hogar, particularmente en términos de acceso al empleo, los servicios y los equipamientos urbanos. (Field, 2008; Galiani et al., 2017). https://doi.org/10.1016/j.jue.2007.08.006 https://doi.org/10.1016/j.jue.2016.11.001
Estudios en América Latina confirman que la integración de vivienda a la estructura urbana reduce los costos cotidianos de movilidad, mejora el acceso efectivo a servicios y amplía las oportunidades laborales, traduciéndose en ahorros de tiempo que pueden ser monetizados mediante mayor participación laboral, menor gasto en transporte o una mejor conciliación entre el trabajo remunerado y el no remunerado. (Magalhães, 2016). https://doi.org/10.1177/0042098016669290
En este sentido, la vivienda formal bien localizada no solo contribuye a mejorar la calidad de vida de los hogares, sino que también incrementa la eficiencia económica tanto a escala del hogar como de la ciudad, al reducir las pérdidas de tiempo y los costos de oportunidad asociados a la segregación residencial y a la localización periférica.
4. La vivienda formal como generadora de capital social y motor de integración social
Desde una perspectiva de política pública, la vivienda formal bien integrada al tejido urbano cumple un papel estratégico en la generación de capital social, al garantizar el acceso efectivo de los hogares a servicios sociales, equipamientos colectivos y espacios públicos de uso cotidiano. Estos entornos no solo mejoran las condiciones materiales de vida, sino que también configuran las condiciones institucionales y espaciales necesarias para la interacción social, la construcción de confianza, la cooperación entre vecinos y la conformación de redes de apoyo.
El capital social derivado de estas interacciones amplía el acceso de los hogares a información, oportunidades educativas y laborales, mecanismos de apoyo mutuo y recursos colectivos, fortaleciendo sus capacidades para la movilidad social. En este sentido, la política de vivienda trasciende el ámbito estrictamente habitacional y se consolida como una política de integración social y de generación de oportunidades, en la medida en que refuerza los vínculos sociales que permiten transformar las mejoras físicas del entorno en trayectorias sostenidas de bienestar y ascenso social.
Estudios realizados en ciudades latinoamericanas muestran que la proximidad a equipamientos colectivos y espacios públicos se asocia positivamente con mayores niveles de capital social, medidos a través de indicadores como la confianza interpersonal, la participación comunitaria y la densidad de redes sociales. En particular, el análisis empírico desarrollado por Mayorga (2020) evidencia que los barrios con una mejor dotación de equipamientos y espacio público registran mayores niveles de interacción social y cooperación, lo que confirma que el entorno urbano formal opera como una verdadera infraestructura social que habilita y fortalece la construcción de vínculos comunitarios. https://doi.org/10.15446/rcdg.v29n1.73395
En conjunto, la evidencia analizada confirma que la vivienda formal constituye un instrumento de política pública de alto impacto económico, social y urbano. Su contribución a la generación de empleo formal, al crecimiento macroeconómico y a la activación de cadenas productivas la posiciona como un componente clave de las estrategias de reactivación económica. Al mismo tiempo, su rol como principal activo patrimonial de los hogares —en particular de aquellos de ingresos medios y bajos— refuerza su capacidad para reducir la vulnerabilidad económica, facilitar la acumulación de activos y promover la movilidad social a lo largo del ciclo de vida y entre generaciones.
Asimismo, cuando la vivienda formal se localiza en áreas integradas al tejido urbano, sus beneficios se amplifican a través de ahorros significativos de tiempo, mejoras en la eficiencia económica del hogar y de la ciudad, y una reducción de las fricciones espaciales asociadas a la segregación residencial. Finalmente, la evidencia muestra que la vivienda formal bien integrada actúa como una plataforma para la generación de capital social, al fortalecer la interacción comunitaria, las redes de apoyo y el acceso a oportunidades educativas, laborales y sociales.
En este marco, la política de vivienda no puede entenderse como una intervención sectorial aislada, sino como una política estratégica de desarrollo urbano, económico y social. Diseñar e implementar programas de vivienda formal que prioricen la localización, la integración urbana y la calidad del entorno constituye una condición necesaria para maximizar su impacto en bienestar, equidad y productividad urbana, y para avanzar hacia ciudades más inclusivas, eficientes y socialmente cohesionadas.
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